Por qué aceptar la duda puede ser el comienzo para entender las cosas de verdad.
Vivimos en un momento en el que parece que tenemos que saber siempre de qué lado estar.
Como si en cualquier momento fueran a señalarnos por no tener la postura correcta sobre un determinado tema, o como si tuviéramos que estar muy pendientes de no cometer un error imperdonable.
A veces es tal el miedo que nos da un posible señalamiento, o el no tener las cosas claras, que preferimos acogernos a una visión absoluta del mundo, una que nos dé todas las respuestas.
Son esos packs ideológicos que, haciéndose pasar por una religión o una determinada ideología, tratan de controlar cada aspecto de nuestra vida, diciéndonos qué tenemos que pensar sobre cada cosa.
Nos acogemos a ellos porque nos sirven de caparazón frente al mundo y nos libran, en apariencia, de ser responsables de nuestros propios errores.
El problema es que nunca funcionan del todo. Ni nos salvan de poder fallar ni nos libran de la incertidumbre o de los golpes que la vida lanza contra nuestras creencias y seguridades.
Más bien al contrario: en la medida en que limitan nuestro campo de visión y pensamiento, no nos entrenan para enfrentar los dilemas o las situaciones que se nos presentan. Y eso hace que nos resulte complicadísimo salir de determinadas encrucijadas.
No nos sirven para escapar de esos momentos de incertidumbre. Y al final estos acaban llegando con mucha más fuerza que en circunstancias normales.
Son esos momentos en los que nuestro sistema se tambalea, cuando dudamos de las cosas básicas que dábamos por sentadas y que nos hacían movernos con cierta soltura por la vida.
En mi experiencia he aprendido que esos momentos nunca dejan de llegar. Pero sí se pueden aprender a sobrellevar y, si se saben leer bien, pueden convertirse en grandes oportunidades para crecer, para aprender a vivir.
Nos enseñan a repensar las bases sobre las que construir un proyecto de vida, sobre las decisiones que tomamos. Gracias a ellos entendemos qué habíamos dado por sentado que no era verdadero y vamos afinando el pensamiento para que se adapte mejor a la vida.
Fue uno de esos momentos, precisamente, el que hizo que me replanteara cómo podía estar seguro de las decisiones que tomaba y que llegara a una certeza sobre cómo moverme en el mundo:
que, para construir sobre seguro, tenía que haber comprobado por mí mismo el valor real en la vida de las cosas que creía saber.
Y lo curioso es que lo primero que realmente conocí por mí mismo fue, precisamente, el valor de la duda.
Lo primero que conocí fue la duda

Este momento de incertidumbre llegó al final de mi adolescencia, en una etapa en la que me encontraba atrapado entre lo que mis padres y mis amigos esperaban de mí y lo que yo creía que me definía.
Por un lado, sentía que, en sus expectativas, estaban negando mi forma de ser; pero, por otro, no sabía bien cómo rebatirles. Incluso me parecía, en algunos aspectos, que sus ideas no eran tan desacertadas, aunque esto me generara mucho rechazo.
El hecho es que la situación llegó a angustiarme… hasta que llegué a una conclusión que me llenó de alivio: si dudaba, era porque en realidad no sabía, y por tanto no podía pretender estar seguro de qué decisión tomar.
Esto, que puede parecer una tontería, fue algo que me liberó. Porque solo cuando entendí que no sabía fue cuando me permití esperar a conocer las cosas, en lugar de tomar una decisión precipitada… o quedarme atrapado en un bucle infinito de duda.
La otra opción habría sido dejarme llevar por lo que otros consideraban correcto o importante, sin comprenderlo realmente. Como una especie de marioneta: con el miedo eterno a parecer indeciso.
Por eso, tomar conciencia de que dudaba fue como tomar conciencia del valor de mi propia autonomía.
Entender que realmente no sabía me llevó a comprender la necesidad de conocer las cosas por mí mismo, para poder estar verdaderamente seguro de ellas y tomar decisiones de forma autónoma.
Lo que me faltaba, por tanto, era tener un criterio que me permitiera saber cuándo podía estar realmente seguro de algo: cómo saber si una decisión era buena o mala para mí.
En mi caso, hasta ese momento me había parecido que conocer era algo baladí: como cuando aprendes algo de memoria en el colegio, sin entender muy bien para qué sirve.
Pero, si lo miraba bien, aquella misma experiencia me estaba mostrando algo importante sobre el conocimiento: había comprendido que dudaba, y al entender cómo ese saber ya me ayudaba en la vida, sentí que estaba descubriendo el verdadero valor de la duda.
Por eso no tenía que buscar más. Ya tenía un criterio para saber si realmente conocía algo: la capacidad de ver, con claridad, su valor en la vida.
Como cuando descubres el verdadero sentido de algo y piensas:
“Ah… se referían a esto.”
Solo sabemos realmente algo cuando comprendemos su valor en la vida.
La duda como camino a la sabiduría

Fue a partir de ese momento cuando empecé a entender que la duda no era un problema que resolver, sino una forma de aprender a mirar la vida.
Gracias a lo que aprendí de aquella experiencia, hoy en día no pretendo estar seguro de todo todo el tiempo. Cuando llega la incertidumbre la acepto, y trato de ver qué es lo que me falta por saber.
Y es curioso, porque al hacerlo acabo dando con soluciones a problemas que creía irresolubles.
Al no estar cegado por el ansia de proteger una determinada visión de las cosas —para confirmar lo que creo que me define—, acabo viéndo las situaciones con más claridad.
Me ocurrió primero en mi adolescencia, con aquella disyuntiva sobre mi propia identidad. Al dejar espacio al tiempo pude llegar a entender lo que me trataban de decir esas personas queridas, sin renunciar completamente a mi perspectiva.
Como si ampliara el mapa que tenía del mundo y se reconciliaran esas posturas que en principio parecían incompatibles.
La posibilidad de poder dudar es algo que se ha reivinidicado a lo largo de toda la historia del pensamiento. Desde los filósofos de la antiguedad, pasando por los pensadores que dieron pie a la modernidad, como Descartes, hasta nuestros días.
Durante mucho tiempo me costó entender cuando Sócrates dice: “Solo sé que no sé nada”. Me parecía que dedicarse a la filosofía y acabar con esa conclusión era casi un timo, porque hacía que el saber pareciera irrelevante.
Con el tiempo creo empezar a entender a qué se refería, y por qué esa frase ha llegado hasta nosotros como una gran verdad. Creo que aquello de lo que hablaba Sócrates —lo que lo hizo alguien tan destacable— es que había aprendido a vivir en la incertidumbre.
Había comprendido que la sabiduría no consiste tanto en saber esto o lo otro, sino en vivir abierto a la vida, atento a lo que todavía no entiendes, tratando de descubrir su verdadero valor y de comprender cómo encaja en las situaciones concretas de la vida.
Es vivir con una actitud de escucha y de aprendizaje continuo, poniendo el valor de la vida en saber sacar un provecho real de las cosas que vas encontrando en el camino, en lugar de pasarla intentando construir una imagen segura de ti mismo que, en el fondo, puede romperse en cualquier momento cuando las cosas no salen como habías planeado.
Cómo la duda me llevó a la razón de ser de este blog
Igual que había hecho con la duda, a partir de aquel momento empecé a intentar comprender las cosas conociendo su valor, la razón por la que podían llegar a importarme.
Me parecía que mi mente era como una página en blanco y que tenía que reaprenderlo todo de nuevo. Como si muchas cosas que “había aprendido” no las hubiera comprendido realmente y me faltara bajarlas a la experiencia.
De esta búsqueda nació la idea de este blog: aprender a repensar el valor de las cosas, para volver a reconocer lo realmente importante de aprender y dar ejemplo de por qué importan.
Y hacerlo, en la medida de lo posible, a través de historias, porque estas nos permiten mostrar cómo las cosas cobran valor en medio de la vida. Por eso siempre han sido grandes herramientas de comunicación.
Te animo también a que participes contando cómo algo ha cobrado valor en tu vida. Cómo algo que antes no significaba nada pasó a ser importante para ti.
Me gustaría que este fuera un espacio de intercambio donde pudiéramos compartir saber sin miedo a equivocarnos o a dudar.
Creo que esa es la actitud que nos permite ser en la vida. Y que, al final, solo quien entiende que la vida es aprendizaje puede permitirse seguir caminando, incluso cuando el camino vuelve a llenarse de dudas.