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Una historia sobre la sabiduría y el aprendizaje

Había una vez un joven que anhelaba de corazón hacerse sabio. 

Había llegado a una edad en la que empezaba a preguntarse hacia donde orientar su vida para que fuera provechosa. Tenía muchas dudas y pensaba que, si encontraba a alguien verdaderamente sabio, podría por fin encontrar las respuestas.

Así que fue en busca de un maestro.

Cuando lo encontró, le dijo:

—Me gustaría quedarme contigo un tiempo, hasta entender realmente cuál es el camino al que debo orientar mi vida. 

El maestro le aceptó, y durante años, el joven estudió con él.

Leyó a los grandes filósofos. Aprendió sus ideas, sus palabras y sus argumentos. Podía hablar de la justicia, de la virtud, de la libertad, de la felicidad y del sentido de la vida. Podía acompañarle en sus quehaceres y sus vecinos le consideraban un buen discipulo, digno de su maestro. 

Pero había algo que le inquietaba. Seguía sin saber qué hacer con su propia vida.

Un día se lo dijo al maestro.

—He aprendido todo lo que me has enseñado. Sé lo que dijeron los grandes hombres sobre la vida. Puedo explicar sus ideas. Pero sigo sin saber cómo vivir la mía, hacia donde orientarme. 

El maestro lo miró durante un momento.

—Ven conmigo.

Caminaron hasta un pueblo cercano.

Allí vivía un hombre anciano al que el joven no conocía. No era filósofo ni había escrito ningún libro. Había pasado toda su vida trabajando y cuidando de su familia.

El maestro pidió al joven que pasara unos días con él. Y así lo hizo, observando al anciano en su rutina diaria.

Se levantaba temprano. Cuidaba de su pequeña huerta. Reparaba las cosas de la casa en lugar de tirarlas. Ayudaba a un vecino cuando lo necesitaba. Y, sobre todo, cuidaba de su mujer, que llevaba algún tiempo enferma.

Por las tardes se sentaba junto a ella. Le preparaba la cena, le acercaba una manta cuando tenía frío y escuchaba, una y otra vez, las mismas historias que ella le contaba.

El joven no entendía muy bien qué tenía que aprender de todo aquello.

Una tarde le preguntó:

—¿Cuál es para ti el sentido de la vida? 

El anciano lo miró, como si la pregunta fuera extraña.

—No sé cuál es el sentido de mi vida-y volviendo la mirada sobre su mujer, dijo-. Solo sé que la quiero. 

El joven insistió:

—Pero ¿nunca te has preguntado qué es una vida buena? ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la justicia? ¿Cuál es el sentido de todo esto?

El anciano sonrió.

—Todo es más sencillo que eso. Cuando amas a  alguien, muchas veces empiezas a saber qué hacer sin que nadie tenga que explicártelo.

Aquella noche, mientras el anciano recogía la mesa, el joven se quedó mirando la casa.

No había allí grandes cosas.

Unas herramientas gastadas. Algunos libros viejos. Una mesa sencilla. La pequeña huerta. La mujer a la que cuidaba.

Y, sin embargo, el anciano parecía conocer perfectamente el valor de todo aquello.

Sabía qué había que reparar, qué había que conservar, a quién había que ayudar, cuándo había que escuchar.

Había aprendido a cuidar lo que amaba. A conocerlo y entender el valor real de cada cosa. 

Al día siguiente, el joven regresó con el maestro.

—Ya entiendo por qué me has traído aquí —dijo.

—¿Por qué?

El joven tardó en responder.

—Porque ese hombre es sabio.

El maestro sonrió.

—¿Y qué ha hecho para serlo?

El joven pensó en el anciano, en su mujer, en la huerta, en las cosas sencillas de aquella casa.

—Ha aprendido a cuidar lo que tiene delante.

El maestro asintió.

Entonces el joven comprendió algo que le dolió un poco.

Durante años había estudiado la justicia, pero nunca había aprendido a quererla.

Había leído sobre la verdad, pero muchas veces no había sabido cuidarla cuando decirla le perjudicaba.

Había estudiado la amistad, pero no siempre había cuidado de sus amigos.

Y había pasado años leyendo a los grandes filósofos sin haber aprendido a amar aquello que intentaban enseñarle.

Había buscado la sabiduría en los libros, pero no había sabido mirar lo que tenía delante.

Aquella tarde volvió a abrir uno de sus libros.

Era el mismo de siempre.

Las mismas páginas. Las mismas palabras. Pero algo había cambiado.

Por primera vez no quería solamente entender lo que allí estaba escrito.

Quería saber por qué aquello había importado tanto a quien lo escribió. Porque entendía que era algo digno de ser amado. Cuál era verdaderamente su razón de ser.  

Y, sobre todo, quería descubrir qué podía cambiar en su propia vida si llegaba a comprenderlo.

                                        ***

El valor de lo que tenemos delante

Hay cosas que podemos aprender cuando alguien nos las explica. Pero hay otras que solo empezamos a conocer cuando llegamos a amarlas, cuando descubrimos por qué importaron tanto a quienes las recibieron antes que nosotros y quisieron legárnoslas. 

Pueden enseñárnoslas, pero no como una lista que memorizar. Se trata más bien de que nos lleguen al punto en que podamos comprender su valor por nosotros mismos. 

Quizá por eso algunas cosas han llegado hasta nosotros después de tantos años. Puede ser un libro, una idea, una obra de arte, una forma de entender la vida….que se ha ido transmitiendo de generación en generación, desde esa primera persona que encontró en ellas algo valioso. Algo que pensó que merecía la pena conservar y entregar a los que vendrían después.

Una cultura permanece viva cuando no se limita a guardar esas cosas, sino que vuelve a descubrir por qué eran valiosas. Cuando las mira de nuevo y encuentra en ellas algo que todavía puede ayudarnos a vivir mejor.

En Razón de ser queremos hacer precisamente eso: volver a mirar algunas de esas enseñanzas que hemos recibido y tratar de descubrir qué había en ellas que hizo que otros consideraran que merecía la pena transmitirlas.

Y queremos hacerlo a través de historias.

Porque una historia puede hacer que algo que parecía lejano vuelva a estar vivo delante de nosotros. Puede mostrarnos por qué alguien dedicó su vida a una idea, por qué otros lucharon por conservar algo que consideraban valioso, o por qué una persona encontró en un libro, en una obra o en una enseñanza algo que cambió su manera de vivir. 

Las historias tienen el gran potencial de no decirnos simplemente qué debemos aprender, sino de mostrarnos su valor en medio de la vida.

Para que cuando lleguemos a comprender el valor de algo, sea porque hemos empezado a quererlo. Y nos salga de forma espontánea el querer cuidarlo y transmitirlo.

Te invitamos a acompañarnos en este camino. Y si alguna de estas historias te recuerda algo que tú también has aprendido a valorar, nos encantará conocerlo. Puedes escribirnos a este correo: razondeserweb@gmail.com.